La casa en la que vivía hasta julio pasado estaba en el mismo barrio donde siempre había vivido anteriormente.
Era una calle muy concurrida, con bastantes tiendas, supermercados, restaurantes, vaya, tenía de todo. Tiene de todo.
Y justo debajo de mi casa (hoy me he dado cuenta de que ya no recordaba ni el número del portal) hay un kiosco. Y a su lado se colocaba siempre una mujer pidiendo dinero. Se sentaba en una caja de cartón. Y regalaba sus sonrisas y sus saludos a todos, que le respondían, porque llegaba a ser alguien muy familiar.
De hecho recuerdo una vez ,que me dejé las llaves de casa dentro de la misma y tuve que esperar en la calle hasta que llegara el casero con las de repuesto, cómo estuve hablando con ella un rato largo, sobre los despistes y demás. Nunca supe su nombre, ni ella el mío. Pero igual que yo sé que el dinero que ganaba cada día lo usaba para dormir en una pensión en Atocha, ella sabía dónde vivía yo, con quien y a qué dedicábamos nuestras vidas.
Ella me vio hacer en agosto la mudanza, día tras día. Me miraba con unos ojos que me transmitían todo su apoyo, su figurada palmada en la espalda para darme ánimos. Hablé con ella el día que acabé de sacar todo de casa. Me despedí, con lágrimas en los ojos, diciendo adiós a la que había sido mi casa, a la que había sido mi vida, a la que fue durante un breve tiempo mi lugar más soñado.
He pasado desde septiembre (cuando cerramos definitivamente la puerta de aquella casa) muchas veces por esa calle. Por el mismo portal (que hoy he vuelto a recordar, número 39). Sin mirar hacia dentro, pero soñando con que saldría alguien conocido. He pasado muchas veces, pero normalmente por la noche, tras ir a tomar unas cañas con unos amigos a un bar cercano. He pasado con miedo, y con la cabeza agachada, como para que los recuerdos no salieran.
Hoy he pasado a la luz del día. Y a lo lejos la he visto a ella, a mi "amiga". Y he tenido que frenar el paso y levantar la cabeza. Y me ha recibido con un "¡cuanto tiempo!". Me ha preguntado cómo me iba la vida, me ha sonreído como siempre, me ha vuelto a mirar con esos ojos que conocieron mi pasado de la mano de otra persona. Supongo que mi sonrisa no le ha convencido del todo y que mis palabras le han mostrado cierta angustia, porque en lugar de pedirme alguna monedilla (cosa que hacía de una manera muy leve) me ha regalado unas ramitas de lavanda que había recogido de un parque.
Y con mi lavanda he llegado a casa. Con una extraña sensación. Con esa cosa de que quien menos tiene más generoso es, y no porque te dé lavanda, no, sino porque en esa ramita hay de nuevo un abrazo, aquella palmada en la espalda que me dio figuradamente en agosto.
No me ha quedado más remedio que sonreír, y prometerme volver pronto. A verla de nuevo y a hacer más creíbles mis palabras.
Qué bonito, Diana. Has conseguido emocionarme. Creo recordar que aquella noche de febrero a -2º, cuando pasamos por allí con Alberto y Evelyn, nos hablaste de ella. O quizá fue en otro momento, pero algo nos habías contado. Y aquí te ha quedado un retrato maravilloso de esa mujer y de lo que supone que personas y situaciones con un teórico papel secundario acaben estando tan presentes en nuestras vidas.
ResponderEliminarUn abrazo fuerte.