Si hay algo que nunca comprendí es por qué la gente no contestaba una carta. Pasados los años ves que era quizás demasiado complicado: sello, sobre, papel, boli, tiempo...
Pero en esta era de la comunicación, en la que tener contacto con los otros más que un derecho es casi una obligación, me cuesta entender que se queden sin contestar whatsapps y demás.
No pido parrafadas de respuesta, no quiero que luego me digan eso tan manido de "no te contesté porque te mereces más que una simple palabra". No, no nos equivoquemos, da igual lo que merezca. Lo que todos merecemos es una respuesta, un simple "gracias", un "yo también te iba a escribir", un "ya te contestaré más ampliamente".
Pero no un silencio. Porque lo siento, pero un silencio ya no tiene explicación.
"Es que tengo mucho trabajo". Solo era poner "gracias". ¿Cuanto se tarda? Probadlo, ¿3 segundos? ¿Tenemos una vida tan tan ocupada que no tenemos ni 3 segundos? Si es así, si el trabajo, los niños, los estudios, no te dejan tiempo para un "gracias", o para un mensaje de acaso 1 minuto, entonces es que tenéis un problema. Y digo tenéis porque yo no estoy en ese grupo. No, no me voy a meter en un lugar que no me corresponde.
Mal que bien contesto cuando me escriben, o me llaman. Le dedico a los demás un tiempo por sus molestias. Un tiempo por haber pensado en mí. Porque al final es solo eso, pensar en el otro, dedicarle un instante... y qué bonito recibir una respuesta.
Mi reflexión no va tanto por las faltas de comunicación sino por el temor a que nos estemos olvidando que tenemos vida más allá del trabajo, de los hijos y de las preocupaciones.
Que la amistad sirve como pegamento para que todo eso no se fracture y para que nosotros no dejemos de ser lo que éramos, con todo y todos lo que éramos.
No hay reproches, solo hay una tristeza profunda por un abandono tan latente de una de las cosas más bonitas del mundo: los amigos.

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